Naufragio

Ocurrió varias veces. Tres para ser precisa. La primera, siendo el punto cero entre tantos de una embriagada niñez, explica todas las veces subsiguientes. Me tomaría más de una década y unos cuantos «shots» de realidad dibujar el mapa de mi existencia para señalar con la punta de un lápiz mecánico el instante preciso en que despertó en mí la fuerza que me convidaría a dar por sentado la verdad que solo yo he sabido aceptar. Para los peritos es de suma importancia enmarcar este suceso mítico.

Esa vez, la primera, la que explica todo lo que salió mal de ahí en adelante hasta la última vez, yo estaba sentada debajo de la escalera del primer piso de la escuela elemental. El recoveco era de esos expuestos por el diseño de los escalones, excepto que su interior amarillo créme brulée quedaba expuesto hacia afuera. Esa pequeña cueva marcaba la frontera entre el cemento y el asfalto que cubría gran parte del patio. Yo me aferraba al cemento. La escasísima oscuridad era prueba contundente de mi estupidez. Inútil, me dejé cegar por la resolana del medio día. No tenía nada mejor que hacer con la hora de almuerzo. Hace tiempo que había adoptado un asco violento a la comida del comedor.

Sucedió que en un instante inesperado mi animalidad se hizo despertar. Todo se volvió borroso. No veía nada mas que manchas flotando en el espacio. Mi cuerpo, súbitamente ligero y lento, reposaba inmóvil. Había blanco. Muchísimo. Cegaba e iluminaba y por más que lo intentase no encontraba remedio a la situación. Sin darme cuenta me volví luz. Yo era la luz. A cien años viajaba al planeta de mis ancestros. Yo descubría en mí la belleza de un secreto venido del África y Arawakania. Mi cuerpo era el templo de una fuerza sobrenatural.

Me vi como en un espejo sentada en la cueva amarilla de cemento. El cuerpo me quedaba demasiado largo, la cabeza demasiado pequeña, la mente demasiado cansada para mi edad. El zumbido familiar de mis oídos supersónicos se volvió estática. Los gritos del mundo me eran ecos ininteligibles. Nadie llamaba mi nombre porque ya a nadie podía importarle mi existencia. Ese día, el segundo génesis de mi melancolía, Valeria faltó a clase. Nunca le pregunté qué le impidió ir a la escuela. Así de buena amiga fui. En realidad nunca le había prestado mucha atención. Su presencia en mi vida era algo dado por sentado. Su rol era el de mejor amiga. Así fue decidido por las autoridades magistrales, por Dios Santísimo y la Santísima Madre de Dios Todopoderoso, las estrellas que conforman las constelaciones Tauro y Capricornio, la hora, el día y el minuto en que se alinearon las coordenadas celestiales del momento en que nací yo y nació ella. Nuestra amistad tenía el sello de aprobación divina de todos los horóscopos habidos y por haber. Era inquebrantable.

Érase una vez fuimos dos. Luego, por poquito, fuimos más. Nunca tres. Tres es inestable. También es mi número favorito. Tres somos en casa, tres es la Santa Trinidad y tres es primo de 5, 7 y 9 y yo nací un 7/5/99. Pero hoy, en este fatídico día, era una. No tenía que serlo. No recuerdo porqué me obstiné en ser una, solo que todo era culpa de Valeria por faltar a clase porque me quedé sin excusa para… Acá, frente al espejo, mi animalidad me revistió de un sexto sentido: comprendí que por primera vez en mi vida estaba completamente sola. El mundo allá afuera transcurría en fragmentos episódicos. Mi mente se apresuraba a confeccionar excusas al qué dirán. No quería ni salir ni quedarme. El problema radicaba en que la cueva no era territorio de lobos solitarios, y yo era apenas no más que un cachorro atrapado en una jaula de circo expuesta a la masa monstruosa de mil ojos. Mira, qué hace esa allí, mira como mira, la tipa esa bien rara, la de quinto uno, sí la bruja esa, la que las maestras se pasan todo el tiempo mimando, la nena esa que no habla, la bien miedosa esa.

La incomodidad pudo más. Me hice leopardo. Sigilosa abandoné la cueva en dirección a una manada de hienas que jugaban a estar atrapados en una isla.

Deja un comentario